Había pasado un gran rato de aquellas charlas interminables, de aquellas quejas, y aquellos llantos apilados, de los consejos considerados, de la teoría inaplicable, de la amistad, del abrazo, del “te quiero” y “te extraño”…
Tanto que caminamos, caminamos y caminamos… Como supliendo aquel huequito, recuperando el tiempo.
Y a pesar del día tríste y las noticias pesadas, de los quilombos con la papelera Sarandí, de nuestra vida enquilombada y aquellas cosas que sólo a nosotras nos pasan… preocupadas, agobiadas, inconscientes, confundidas, hicimos de vela para nuestros pies, como si fueran un barco. Y hablamos y hablamos, como antes lo hicimos. Reímos, por poco lloramos…
Y ya cuando nos cansábamos, habíamos llegado a Córdoba y Medrano. Cincuenta cuadras.
No me había dado cuenta. Y sí, quise parar, e irme. Se hacía tarde, me dolía la garganta y mis piernas comenzaban a razonar. Pero quedaba un poco. Unas cuadritas más, para colmo, nos perdimos un poco, pero encontramos al nuevo Proyectarte en Castillo al no sé cuánto, a la altura de Malabia. Y allí estaba, lleno de misterios para mí. Tan lejano, tan ajeno a mi pasado.
Al final, pude conocerlo y posar para un regalo de cumpleaños que no me terminaron. Pero no voy a pedir más que Barchita me siga acompañando en estas dulces caminatas (y dulces porque nos matamos a chocolates), a que me grite todos los días “Luuuu”, a que se queje, y me abrase, y me quiera por sobre todas las cosas, que son que soy algo insoportable, hincha pelotas, colgada y ermitaña, y bueno, millares más…
Te quiero, Bar.
Felíz cumpleaños!
Lu.











