Érase una tarde de sábado, uno de esos pocos días en que mi amigo El Poderoso Mercuriano y yo nos juntábamos. Aunque ahora más frecuente que aquellas veces, cuando nos veíamos sólo una o dos veces cada año…
Estábamos en la terraza, llevamos la guitarra y una pandereta, y nos pusimos tocar. Éramos invisibles para aquellos que nos escuchaban desde abajo, que sin embargo nos percibían entre los colectivos y los autos que chillaban, entre el smog y ese aire a San Telmo… Quién sabe si alguien allí se detuvo a escuchar, o sólo hizo de nuestra música codificada un ruido más de la ciudad…
Lo cierto es, que, mientras zapábamos de repente nos encontramos con algún ruido extraño, un alarido como de flauta dulce, revoloteando por el aire, abrazándonos.
Al principio no le dimos importancia, y creo que mucho antes de darnos cuenta de aquel sonido, ni lo habíamos notado aunque estando, pero luego comenzamos a buscarlo.
Alzamos y no tanto nuestra vista mientras cantábamos, hacia los edificios contiguos, a los no tan cerca pero enfrente… y allí fue cuando en una ventanita perceptible a nuestros ojos, saludaba una mujer de pelo largo y sonrisa tan grande que podíamos distinguirla desde la terraza.
Nos detuvimos y, sorprendidos, comenzamos a preguntarnos si estaba loca, si nos conocía, o si conocía a por lo menos a Gonzalo, que vivía a unas cuadras de allí.
Él no la conoció, ni adjudicó a algún conocido suyo ese edificio. Yo me alegré. Alguien nos notaba y además, pretendía hacer música junto a nosotros. Nos saludaba desaforadamente, alzando y sacudiendo su brazo entero por fuera de la ventana, y luego continuó tocando.
Empezamos a tocar, entonces, y eso que nos había parecido desafinado encastraba perfectamente con nuestra nueva improvisación. Yo repetía aquella nota que la mujer nos prestaba en diferentes escalas, y los acordes que Gon tocaba, incluían o simulaban la nota.
Tenía una flauta negra, que por el sonido era seguramente una dulce, de plástico, común y corriente. Repetía casi el mismo sonido una y otra vez, una nota al aire, semidesafinada por la intensidad que le daba al soplido. Sin embargo, donde pusiese aquella nota, su tiempo, ya a tierra o desfasado, sonaba perfecto.
La jam salió terrible. Habremos tocado unos 10 minutos… No recuerdo prácticamente nada de la armonía o melodía, sólo el hecho mágico de estar compartiendo una acción musical con alguien desconocido, lejano físicamente y con nada de conocimientos musicales, pero nunca incapacitado para percibir la sensación del otro, y a su vez sentir uno mismo y a la música, y entrelazarlas.
Al terminar, como cada canción tiene su final, se sucedieron los últimos acordes y algún remate vocal como para acentuarlo. Nos miramos, de edificio a edificio, hasta que noté algo conocido en el rostro difuso de la mujer… Los ojos se me llenaron de brillo, y comencé a saltar emocionada. No lo podía creer… Era increíble su semejanza… Cuando le digo a Gonzalo, él se fija y sí, se parecía demasiado, la contextura, su pelo, la sonrisa, sobre todo. Me decía que alguna vez ella solía tratar de tocar una flauta…
Empecé a saludarla con el brazo bien extendido y le grité “Janis”, con la potencia que el mismo grito acapara, cual su canto quebrado por su fuerza y espíritu brutales, por su talento innato y su pasión inmensa…
Y en unos pocos segundos, cuando volvimos nuestra vista hacia la ventana, Janis había desaparecido.
Desde entonces no se vio jamás en aquella ventana de aquel edificio… (De las Crónicas de Gon y Luvi, jaja, un libro que podría reunir nuestras andanzas)










